La fisiocracia, nacida en Francia y
siendo su época de mayor auge entre 1757 y 1776, contará con una influencia
variable en el marco europeo. Más allá de limitarse a ciertas consideraciones económicas
sobre la productividad de la agricultura en comparación con la industria y el
comercio, el pensamiento fisiócrata formaba en su conjunto una base teórica
coherente a partir de la cual sus defensores argumentaban ciertas políticas en los
debates económicos desarrollados durante la segunda mitad del siglo XVIII en
Francia. Analizando el concepto de evidencia constatan la existencia de un
orden natural en la sociedad, con unas leyes físicas y morales que rigen el
funcionamiento de todas las actividades humanas. A partir de las primeras leyes
se deducen las ideas sobre la economía plasmadas en el Tableau économique de Quesnay (tales como el producto neto, la
esterilidad de la industria y la distribución de la renta). De la teoría se extraía
una forma de gobierno (el despotismo legal), la necesidad de una cierta
organización educativa y una serie de políticas económicas (la ley agraria, el
impuesto único, el comercio libre y la honra legal) que se tratarían en los
debates ya mencionados. Los planteamientos y el razonamiento teórico de los
fisiócratas son relevantes en tanto que en España se dieron discusiones
paralelas a las de Francia y, en ocasiones, se utilizaron argumentos de los économistes para defender sus
planteamientos.
La pregunta principal sobre la
fisiocracia en España es el grado de influencia que tuvo en los ilustrados
españoles, a partir de la cual presentaré dos teorías distintas. La primera es
la defendida por Ernest Lluch y Lluís Argemí, quienes en Agronomía y fisiocracia en España (1750-1820) afirman que la
fisiocracia llega a España tardíamente y tiene un impacto menor. Historiográficamente,
plantean que se ha tratado la fisiocracia con poca precisión, denominando
fisiócratas a aquellos que buscaban mejorar la agricultura o defendían alguna
idea a las que ya se ha aludido como el impuesto único, así como definiendo erróneamente
a los agraristas como fisiócratas. Un ejemplo de esta confusión es la
consideración de un paralelismo entre Floridablanca y Quesnay cuando el primero
asegura que la agricultura “es el primero y más seguro manantial de las
subsistencias del hombre y de su riqueza y prosperidad sólida”. No obstante, en
realidad el segundo se muestra contrario a la primacía de lo agrario,
defendiendo que no es la principal sino la única fuente de riqueza. En cuanto a
los modos en los que la fisiocracia influyó en España, los autores presentan
dos posibilidades: la traducción de las obras francesas, que fueron escasas y
en muchos casos tardías (por ejemplo las Maximes
de Quesnay se tradujeron en 1794, 37 años después de su publicación) y la
adopción de los nuevos instrumentos de los fisiócratas en el debate. En el caso
de España, salvo en ciertas ocasiones puntuales, ningún autor adopta la
fisiocracia como sistema de ciencia social o economía política o como método de
análisis económico. De ambos procesos se extrae la conclusión, por tanto, de
una mínima influencia de la fisiocracia en nuestro país.
La segunda interpretación es de
Jesús Astigarraga, quien a partir de la figura de Ramón de Salas defiende que
la influencia de los fisiócratas fue más importante de lo que se piensa
actualmente. Frente a los estudios que han tratado de encontrar, fallidamente,
casos de autores españoles que defendiesen ortodoxamente las propuestas
económicas y políticas fisiócratas, Astigarraga afirma que comúnmente se
asimilaban selectivamente algunas de las ideas de los économistes, fusionándolas con otros idearios, lo que no implica
que no hubiese influencia sino que no se asimiló la doctrina fisiócrata como un
todo. Por ejemplo, en el caso de Salas, aunque alude en ocasiones a la teoría
del “producto neto”, no acepta la diferenciación entre actividades
“productivas” y “estériles”, asimilando simplemente la prioridad de la
agricultura sobre el comercio o la industria y defendiendo, si no es posible la
especialización agraria única, que se compagine con la actividad industrial.
De este modo, el autor sostiene que
el impacto de la fisiocracia entre los autores españoles fue mayor a la
aceptada, sobre todo durante el último tercio del siglo XVIII, pero que la
influencia no es observable si el estudio se limita a un análisis doctrinal en
vez de asumir la diversidad de los contextos en que las ideas de los
fisiócratas fueron concebidas y asimiladas. Defiende que tanto Salas como otros
contemporáneos suyos no se subscribieron a la corriente de pensamiento
económico en términos de fidelidad o sectarismo (como sí puede decirse de los
fisiócratas franceses que la protagonizaron) sino que recogieron aquellas ideas
que podían ayudar a solucionar los problemas españoles en ese momento. Y en
efecto, en cuanto a la España de finales de siglo, el ideario fisiócrata
contaba con dos ventajas: ofrecía argumentos para radicalizar el programa y las
reformas y permitía vincular las ideas políticas y económicas, algo muy
relevante en una coyuntura de debate constitucional. El autor sostiene, por
tanto, la existencia de un “pensamiento fisiócrata sin fisiócratas” en tanto
que no hubo fisiócratas en un sentido estricto pero sí es apreciable la
presencia de sus ideas en diversos autores españoles y hasta fue, para
Astigarraga, de suma relevancia para el liberalismo decimonónico. Todo esto no
implica, sin embargo, que la fisiocracia española no cayese en desuso con la
llegada del pensamiento clásico de Adam Smith, pero eso es un tema a tratar en
otra entrada.
ASTIGARRAGA, J., “Ramón de Salas y la difusión de la fisiocracia en España”. Historia agraria: Revista de agricultura e historia rural, 52, 2010, pp. 75-102.
LLUCH, E.
y ARGEMÍ, L., Agronomía y fisiocracia en
España (1750-1820). Alfons el Magnànim, Valencia, 1985.
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